Miro aquel semblante triste, pareces silenciosa,
Lejana, como los montes en una fotografía,
Distante de mí. Distante del mundo que te rodea.
Tu mirada clara e inocente pero triste.
Como si el mal del mundo te hubiera mecido en su cuna.
Así observó:
Tus vestimentas de manta y aguarrás,
Tus tejidos en las enaguas, tan presentes de un tiempo
Ausente, destilado por manos que beben mezcal.
Flor de Liz, flor de canto y cantera,
De piedra, mármol y alcalizo.
Te veo dentro de mí;
jugando en tu campo tierno,
Lleno de vida y de marginación al mismo tiempo,
Niña de nopales y de espinas,
De manos curtidas por el áspero trajín del mundo.
Por el áspero molino de piedra y grano,
Así te escondes entre las enaguas de tu madre,
De tu tía, de tu abuela.
Para que nadie mire tu color de piel.
Color de maíz dorado y tostado
Como el color del café dulce y amargo,
Que tanto les gusta beberse a los extranjeros.
Así es, tu dulce canto mi niña:
Niña mazahua, niña pame,
Niña otomí, niña guare.
Niña de un cielos mundano.
Lleno de pecados y de conquistas,
Lleno de injusticias y de grandezas,
Lleno de historias. ¡Oh mi niña dulce!
Mi niña buena, mi niña india,
Mi niña verdadera, mi niña…niña.
Porque nadie como tú,
Sabe más amar esta tierra,
La tierra tuya….. la tierra mía,
La tierra de ancestros, como tu abuela o tu tía.

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