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7 dic 2013

Me desgarro las vestiduras.

Pinto mi raya de colores, fluorescentes, amarillos, azules, morados, y dentro de este parte aguas de
flores pintadas, descubro que hace mucho tiempo que deje de ser un lienzo en la pared...
Pinto tu mundo de colores y absorbo el agua que sale del manantial de tus lagrimas,
disfruto de su salada consistencia, me baño en ella, aliviando así un poco el dolor que me aqueja,
y que hace sangrar las heridas de mi alma.
Pinto mi raya sin colores, pues tan solo queda el esbozo de aquello que en carboncillo algún día
quiso ser plasmado en un lienzo cualquiera.
Ese ¿Tal vez? trémulo que aun diletante esta entre las sombras escondido de tus pechos,
de tus haberes noctambulo y llenos de insomnio.
Pinto mi raya con tus lagrimas y con tus huecos, con tus vacíos y con tus oquedades, con tu desmembrada memoria.
Esa memoria que no quiso almacenar ningún recuerdo para mí, que tan solo fue un fulgor en medio de la inmensidad callada de aquel escritorio en donde me senté a soñar un día cualquiera escuchándome profundamente.
Pinto mi raya de ceniza, de carbón, de ajenjo, para que así los demonios de tu recuerdo, de tus pies desnudos no me dejen de visitar cada noche, para que así tu desnudo cuerpo no se deje de recostar en mi alfombra, en mi cuerpo en mis vientre, en mis piernas, en mi piel.

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