Las
lapidas de tu cúspide me llaman, me envuelven me hospitalizan,
Son el habitad en donde mi osamenta llego
un día de Abril a reposar.
Aquí habito contigo desde entonces, y miro
la luna y el sol por igual.
Las lapidas de tus caderas de plata y
cobre me cubre,
Me elevan hasta esbozar tu rostro en mis adentros,
Tus dientes fueron mí enraizada voz y tu
piel mí encarnizado gusto.
Tu entierro me miro pasar, con esas flores
de alquitrán marchito,
Y el semblante todo cuajado, como queso
blanco o panela.
Se quedo ahí plasmado en tus piernas para
la eternidad.
Tu entierro es cosa fresca, con banda y
tambora me llevaste a enterrar,
Y ahí todo sembrado me dejaste
reposar,
Como los vinos reposan en las galeras, así
mis huesos reposando están,
En esta tierra de muertos, que sin ojos no
pueden llorar.

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