Observo el jardín desvencijado de mis pensamientos.
Serena y con cautela me acerco. Recorro
todos los pasadizos que lo conforman.
Su totalidad me aterra. No quiero admitir
lo que hay dentro de ese sarcófago de la muerte,
Pero me hago presente hasta encontrar
entre sus fauces, un corazón de cristal, enmohecido.
Me adentro a su sentir, logro dilucidar
las caóticas confusiones sensoriales que me aquejaban,
Las dejo ir. Y... vuelan como mariposas o
polillas nocturnas, Todas desparramadas buscando la luz del sol.
Después de un rato, me convierto en
estatua de sal, y espero...
Espero...
Espero...
El silencio se hace profundo y como unos
zumbidos aturdidos, me vuelve a la realidad.
Observo el jardín desvencijado de mis
pensamientos.
Me sumo en sus arenas palpitantes y voraces.
Nocturnas y diáfanas como la noche
misma.
Sus garras me penetras. Hielan mi corazón.
¿Cuál? como te atreves a preguntarme ¿cuál?
Ese corazón de cristal enmohecido y
diminuto, que se quedó ahí.
Aguardando tu regreso...aguardando tu
partida...aguardando tu nostalgia.
Pero profundizo en esta filosofía de poca
monta, de bares y tugurios de mala muerte,
En donde vengo a ahogar mis penas con el
elixir de su oscuridad, mas nunca el de su embriaguez caótica.
Miro el desvencijado jardín de mi memoria.
Cautiva con un pensamiento tridimensional
que se biparte como en una serie interminable de Fibonacci.
Me vuelvo diminuta, desaparezco. Crezco...
perezco..
Como la perennidad misma que deambula en
cualquier callejón,
Así llegue hasta aquí, contratándote para
que me dieras tu amor corrompido y seductor,
Y en medio de tus piernas, perder la última
gota de razón y cordura que queda en este...
Jardín desvencijado de mi memoria y mis
lamentos.